El docente universitario del Siglo XXI

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La sociedad cambiante que dejó atrás los rescoldos del siglo XX en la que la avalancha sin control de bachilleres buscaban un anhelado cupo en las universidades de mayor prestigio que les abriera las puertas a la formación profesional demandante de la sociedad globalizada y digital que se devenía, encontraba de igual manera, una heterogeneidad en los estudiantes del nuevo siglo, abastecidos de la oportunidad de contar con herramientas tecnológicas y digitales para su formación, que otrora le fueron negadas tanto a sus predecesores como a los docentes universitarios, y quienes, en muchos casos, se ven desbordados por la tecnología.

Al docente universitario se le pide que asuma y resuelva estos problemas, y que sea capaz de seleccionar entre una variedad de estrategias aquellas que le permitan asumir los contenidos de una mejor manera y que logren causar impacto en sus alumnos de tal forma de hacer el aprendizaje más significativo, pero por sobre todo, se le exige que sea un individuo social y que forme para esa misma sociedad a la que él se subsume.

Estas exigencias intelectuales desbordan el mero conocimiento y dominio de los contenidos científicos de la especialidad, lo que obliga al docente a desarrollar una pléyade de competencias dirigidas a solventar este problema. Con la intención de paliar esta situación, el docente universitario cuenta con una serie de herramientas que lo pueden ayudar, pero a la vez que se le ofrecen las herramientas, se le está exigiendo que sea un docente integral, que conozca de todo, que esté en preparación y actualización continua. Sin embargo, al otear el horizonte tecnológico a través de la Internet, podemos vislumbrar que estas competencias tecnológicas requeridas por la sociedad moderna y digital, y sobre todo, en estos tiempos de cuarentena, sea una tarea casi imposible de alcanzar incluso por el más avezado investigador docente. El conocimiento y la velocidad tecnológica lo desborda; no ha terminado de asimilar o de amoldar conceptos emergentes cuando ya en camino vienen otros a sustituirlos o en el mejor de los casos a rebatirlos. La universidad se encuentra llena de variedad de docentes y establecer las características de un docente universitario no es tarea para nada fácil. Se encuentran en la literatura perfiles ideales de ese docente, pero sólo eso, un ideal.

En la historia de Venezuela, desde 1990 hasta ya bien entrado el nuevo siglo, la caracterización de la figura social del docente no ha variado. Un profesional absorbido por la crisis del sistema educativo y arrojado a lo más profundo del foso de las profesiones. Esto no ha variado en la actualidad. Mientras el país se debate entre una crisis económica que arrastra a todos los factores del entorno, el sistema educativo, por su fragilidad y connotada esencia política, no puede aislarse a la misma, lo que perfila un escenario difícil para quienes se desempeñan como profesionales en la educación superior. Situación que ha caído en la precariedad, con los salarios más ofensivos para la moral de un profesional de la docencia que aventaja la fuga de los más afortunados a otras tierras o sucumbir a otras fuentes de producción económica.

La universidad venezolana no necesita un docente que se aboque y se conforme con llegar al ambiente áulico a dictar cátedra y a vaciar los contenidos como si de la educación bancaria de Freire se tratara; las casas de educación superior piden imperiosamente un mediador de los aprendizajes, que sea capaz de asumir sus propios paradigmas y sustituya aquellos que son incapaces de responder a los problemas de la sociedad escolar. Este formador, así descrito, tiene como punta de lanza en su actividad pedagógica una educación de calidad, pero para lograr esto último el docente debe tener claro que la docencia universitaria tiene como propósito formar hombres y mujeres integralmente con el fin de que puedan realizar un ejercicio profesional pertinente y así mismo contribuyan al desarrollo social y humano.

En este tenor, se considera el papel del docente universitario como un promotor de cambios conceptuales; por tanto, el aprendizaje deviene en un proceso transformador antes que acumulador de contenidos y si el docente es capaz de internalizar nuevos conceptos en sus estudiantes, esta novedad provocará un proceso transformacional de las preconcepciones llevando al estudiante a generar un nuevo proceso de representación de su realidad.

El docente universitario perspicaz, logra detectar a tiempo las transformaciones que ocurren en su entorno, y comprende entonces que necesita redefinir su labor como profesional y hacer una propia evaluación de sus competencias a fin de alcanzar un óptimo desempeño. Si este cambio de actitud se da en el docente, no está de más plantear que también se debe hacer una profunda transformación en el contexto educativo apoyado por las autoridades en las instituciones. Ante este panorama de cambio permanente, el llamado es a la adaptación del sistema educativo; a la reinvención y el renacimiento del pensamiento universitario, que desde el emprendimiento y la innovación científica y social nos reencontremos con el docente y la educación de calidad. Esta circunstancia produce un replanteamiento del rol que en el momento actual cumple el docente para potenciar sus competencias y hacer frente a las nuevas formas de enseñar y de aprender, destrezas en la investigación de todo tipo de documentos, explorador incansable, innovador, creativo y flexible, las cuales aunadas a la resistencia al estrés y a situaciones frustrantes en su labor, le permitan adaptarse y hacer su camino más despejado en la sociedad de la información.

Todo este proceso de transformaciones en el docente para adaptarse y sobrevivir le permitirá centrar su objetivo educativo en el desarrollo de un hombre integral, en un escenario de convergencia de ideas, de crítica permanente de las cosas y apoyado por las tecnologías de información y comunicación. Este proceso impulsará al estudiante a ir más allá del sitio en donde se para y logrará sembrar en él a curiosidad por comprender su propio desarrollo como ser humano integral, llevándoles a ser no observadores pasivos sino verdaderos ejecutores de los cambios sociales. Es el profesor, por tanto, quien se convierte en el punto de referencia de los procesos educativos que se desarrollan en el ambiente formal (e informal) de los centros universitarios. Sin embargo, aunque el epígrafe de estos párrafos pone la mira en el perfil del docente universitario, se tiene claridad en que la búsqueda de la calidad de la educación va más allá de la actuación del formador. No debemos olvidar que el desarrollo de las actividades de índole psicopedagógica por parte de los profesionales que dictan cátedra en las instituciones de educación superior se da en un ambiente de situaciones que se generan por aquellos elementos en los cuales los profesores tienen poca o ninguna injerencia y sobre las cuales deben acoplarse y amoldar su práctica (y hasta su praxis) para permanecer en el medio. Así, el mentor universitario no tiene la posibilidad de intervenir en el nivel de inteligencia o en los cursos previos al ingreso del estudiante, el número de estudiantes que se le asigna, menos aún controlar la disponibilidad de los ambientes de clase y de los recursos que necesita para ejecutar su pericia escolar. Por tanto, y eso sí es posible de realizar por el docente, debería capaz de establecer cuáles son las estrategias adecuadas para llevar a cabo su función formadora y que se adapten de manera eficaz a las situaciones que le plantea su entorno pedagógico. Cuando el educador se adapta y logra ese equilibrio entre lo que se desea y lo que se tiene, notará con asombro, cómo de la propia realidad educativa surgen innovaciones y modificaciones que le permitirán hacer más llevadera su función.

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